La fábrica donde trabajan cerró, no consiguen changas y no llegan al día 20 del mes

Muchos de los trabajadores despedidos de grandes o pequeñas industrias, protagonistas de los cierres de los últimos meses, no logran reinsertarse en un mercado que sigue expulsando. Exempleados de Tres Arroyos, Dass, Unionbat y FATE cuentan cómo hacen para sobrevivir al modelo.
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Andrea Ulere perdió el trabajo en agosto. Es una de las despedidas de Granja Tres Arroyos. Vive en Capitán Sarmiento, una localidad bonaerense con alma de pueblo, dinamitada por el cierre de la fábrica.

—Mis hijas hasta el año pasado me regalaban un viaje en avión para el Día de la Madre. Fui a conocer San Luis, viajé a las Cataratas y a tantos lugares hermosos. Pero este año les dije que yo con una corega y una tintura para el pelo ya me sentía conforme. Parece chistoso, pero es tan triste como eso —dice.

Laura vive en Lanús. Escribe lo único urgente. Una lista con deudas. Madre de dos hijas, una estudiante universitaria y otra en una secundaria privada, es dueña de una casa con pileta a la que evalúa convertir en salón de fiestas. Tuvo un último trabajo formal hace dos años y ahora debe cuatro meses de cuota escolar.

—Mirá, te soy sincera: este es el primer año de mi vida que digo: ¿hoy tenemos para comer? Listo, ya está. No pienso más que en este día.

Vivir al día. Ni llegar al día 30 del mes. Ni llegar al día 20. Muchos de los trabajadores despedidos de grandes o pequeñas industrias, muchos de los protagonistas de los cierres de los últimos meses, no vuelven a conseguir trabajo. Durante el segundo trimestre del año, el desempleo llegó a 7,9 y varios conurbanos registran tasas de dos dígitos. Y según el análisis de Fundar, durante el gobierno de Javier Mile el país perdió más empresas que en cualquier otro gobierno de los últimos 24 años: 15.475 el último año y 32.290 desde noviembre de 2023.

Quienes pierden el trabajo salen a buscar otro en un mercado de trabajadores que continúan siendo expulsados. Pero no son los únicos.

Los trabajadores despedidos compiten ahora con quienes todavía tienen empleo, pero buscan cada vez más trabajo. Aunque Milei no lo acepte, lo hacen porque la plata no alcanza. Como señalan los investigadores Juana Garabano y Gustavo Assusa (IDH-Conicet-UNC), se resisten a “cagarse de hambre”.

Andrea Ulere, Granja Tres Arroyos "Tenemos deudas y servicios que pagar. Necesitamos trabajar". Adrian Perez

Gualeguaychú: buscar la plata para comer

Martín Gómez alterna la mañana entre un llamado, la entrevista y los pedidos de sus excompañeros. Es uno de los cien despedidos de Unionbat, la fábrica de baterías de Willard en Gualeguaychú que el 26 de junio cerró sus puertas. Ese día, a los trabajadores del turno tarde les impidieron entrar y a los de la mañana los echaron con un escribano. La empresa les dijo que cerraba porque no podía competir con las baterías importadas de Brasil y de China.

Gómez era delegado y habló con la filial de San Martín en Buenos Aires, donde funcionaba la sede administrativa, todavía abierta.

—No vamos a volver a abrir hasta que no cambie la política de gobierno —le dijeron.

—¿Pero qué vamos a hacer? ¿Vamos a esperar un año y medio y que el gobierno se vaya? —preguntó.

La empresa prometió pagarles la indemnización completa, pero les dijo que la fábrica, así, era inviable. No pagó. Hubo acampe, intervino la Secretaría de Trabajo y la empresa se presentó a concurso de acreedores. Los trabajadores todavía no cobraron y quedaron en una lista de espera.

—En Gualeguaychú la situación es desesperante —dice Gómez—. La gente tuvo que salir a cortar pasto, vender comida, hacer de Uber o remise. Mis compañeros están todos sin trabajo. Y lo estamos viendo todos los días, cuando salen cinco puestos de trabajo, hay 50 cuadras de cola.

Matías, uno de sus antiguos compañeros, era electricista en la fábrica y desarmaba motores. Hoy hornea empanadas, cocina canelones y vende tortas fritas cuando llueve. Juan, operario de producción y encargado de la fundición de plomo en el horno, compró una máquina como pudo y salió a cortar pasto. Fabricio maneja un auto con una aplicación en una ciudad donde Uber está prohibido: “Hay peleas con los remises y la Secretaría de Tránsito anda persiguiéndolo. No puede buscarse el mango”.

La falta de trabajo también les cambió la relación con el tiempo. Históricamente, cobraban el sueldo el día 5 y el 20 de cada mes. La quincena organizaba los gastos. “Esas dos veces te entraba plata y con eso te manejabas. Hoy no está más la quincena. O sea, desde hace tres meses, estás día a día buscándote la plata para comer”, dice Gómez.

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Crisis Los despidos en FATE pusieron las mieles de modelo Milei en agenda. noticias argentinas

DASS, El Dorado y la frontera

Gustavo Melgarejo tiene 40 años, 16 de antigüedad en la fábrica de zapatillas DASS y fue delegado. La planta de El Dorado, Misiones, proveedora de Adidas y Nike, cerró en julio. Durante años trabajó en distintos puestos de la línea de producción y terminó como polivalente: un operario todoterreno, preparado para todo menos para un escenario como este.

La fábrica pagó la indemnización, él compró máquinas para un lavadero y compra y vende perfumes para sostener la economía de una familia de cuatro personas.

—No hay mucho para hacer. Ni contar que llovió toda la semana --dice--. Yo, por ejemplo, compro y vendo perfumes, hay compañeros que están haciendo “precio colectivo”, de remise por 2,5, pero la situación más complicada es del diez por ciento que tiene hijos con discapacidad. Queremos ver qué pasa ahora con la obra social del calzado.

Brasil es una alternativa para los trabajadores de la zona. A 90 kilómetros, cruzan la frontera para comprar alimentos a mitad de precio y mercadería para revender. Sacarle “algún margen” y conseguir pasar “el día”.

Melgarejo tiene dos hijos, préstamos que pagar y la certeza de que “hasta que no cambie el gobierno, la cosa no va a mejorar.

—Llevamos currículum cuando vemos algo, pero en la zona no hay lugares de trabajo. Hay aserraderos que están colapsados. Y uno al que no iría: te pagan tickets canasta, te dan 200 mil pesos para gastar en un supermercado que encima es muy caro y el trabajador termina endeudado, como pasaba antes con los capangas y los mensú.

—¿Qué te gustaría que pase? ¿Cuál es el motor que te activa? ¿Cuál es la ilusión?

—Si me preguntas si quiero que me vaya bien con el emprendimiento, voy a decirte que sí. Nadie quiere que le vaya mal. Pero la mayor ilusión que tengo, la verdad, es poder revertir esto y recuperar la fábrica, incluso si no es para nosotros, para la generación que viene.

—Si tuvieras que decir algo más, ¿qué dirías?

—Diría que a no perder la esperanza. Que en algún momento vamos a poder volver a tener trabajo digno.

FATE y un despido después de 33 años

Raúl Marcelo Gallardo trabajó toda su vida literalmente en FATE. A los 19 años, leyó un aviso en el diario, se presentó, llenó un formulario y entró. Era 1992. Desde entonces fue operario de producción en una planta de 2.000 trabajadores en San Fernando, provincia de Buenos Aires, donde permaneció hasta el cierre definitivo en febrero de este año.

—No sé por dónde podría venir otro trabajo —dice—. Si todo sigue cayendo, es muy difícil: no solo cerró mi fábrica, sino que veo mucha gente en la misma condición. Estamos todos en la misma. Eso hablamos con la gente grande.

Cuando perdió el trabajo, Gallardo decidió recuperar su viejo oficio de pintor. Su esposa es trabajadora de casas particulares y consiguió algunas casas. El trabajo de pintor, sin embargo, duró poco. Las tareas repetidas en la fábrica de neumáticos le dejaron secuelas importantes en la columna. Y Gallardo se lesionó.

—La verdad, yo, estando 33 años en la fábrica, me hice muy al modelo del laburante que va del trabajo a la casa y de la casa al trabajo —dice. Prácticamente no conozco la calle, no conozco a mis vecinos. Me acostumbré a tener una vida más o menos ordenada.

Ni de clase media porque, para la clase media, dice, es de clase baja. Ni clase baja porque para ellos es de clase media. Insertarse le cuesta. Sobre todo, le cuesta entender dónde está. Hasta el despido, entraba a trabajar a la mañana y salía a las tres de la tarde, fichaba y se terminaba el día de trabajo. Después de esa hora, estaba en su casa haciendo otra cosa. Hoy el tiempo de trabajo no se termina. A veces cree que él es el que está desfasado. Que despertó en el mundo de Volver al Futuro.

—Incluso mis hijos, que están en relación de dependencia, no se desconectan nunca de las obligaciones del trabajo —dice. Y eso pasa con todos. Desde que maneja una aplicación y está en la casa, le suena el teléfono y tiene que salir. O está en la calle, quiere hacer una compra y no puede. Me siento como el personaje de la película cuando llega a un futuro que no entiende.

Granja Tres Arroyos, la olla popular y la rabia

En Capitán Sarmiento, Andrea Ulere consiguió un puesto de maestranza en la municipalidad. Volvió a tener trabajo en blanco y con eso una obra social para su hijo con discapacidad. Mejor. Pero aun así está inquieta. Muchos de sus compañeros de Granja Tres Arroyos siguen sin trabajo.

—La gente está desesperada, los tenés que contener porque quieren ir a prender fuego a la fábrica. Y yo les digo: van a terminar presos y no vamos a solucionar nada.

Todavía hacen ollas populares. Ella sale de trabajar a las siete de la tarde, cocina y se suma una o dos veces por semana.

—Estamos tratando de acompañar, pero llega un momento en que todo se termina. Se termina la generosidad del pueblo, que ha donado un montón de cosas, se termina, no se puede más.

Andra empezó a grabar videos caseros. Y sabe que algunos molestan. Allí dice algunas de sus verdades, realidades como estas:

—Lo triste, como yo digo, es que tengo, gracias a Dios, dos hijas que son dos mujeres profesionales y están continuamente apuntalándonos. A mí, a mi marido, que no es su padre, a mi hijo. Nos tienen que pagar el agua, nos tienen que pagar la luz, nos tienen que traer comida. Esto no es el ideal para una madre que ha luchado toda su vida por salir adelante.

Granja Tres Arroyos no pagó las indemnizaciones. La última semana, un pequeño grupo de ex trabajadores volvió a sostener un acampe, breve y casi sin fuerzas. Los trabajadores que mandan a sus hijos a estudiar a otros lugares todavía intentan sostenerlos. Pero en el pueblo no hay otras fuentes de trabajo, sobre todo para los más grandes. Andrea ahora espera la indemnización. Quiere tener un respaldo. Y planes. Eso dice que le falta.

—Lo que me mata es no tener planes. No hay planes ni lunes ni sábado ni domingo. No podés decir: “Che, nos juntamos a comer” o ”¿por qué nos vamos allá? No, porque no se puede gastar combustible. No se puede gastar nada. No hay para gastar.

Los que trabajan y tampoco llegan

Hace 15 días, Milei abrió una nueva polémica. Dijo que era una mentira que la gente no llega a fin de mes. “¿Podemos pensar un poquito lo que significa? –dijo él. “Yo les hago una pregunta, si se quedan sin plata verdaderamente al día 20, ¿me pueden decir cómo hacen para vivir 10 días sin comer y sin beber? ¿Nadie se hizo la pregunta?”.

“El asunto es que no solamente está buscando trabajo el que es despedido, sino que también buscan trabajo los que ya están ocupados, porque no alcanza lo que ganan para vivir”, dicen los investigadores Garabano y Assusa.

Según la Encuesta Poblacional de Gestión de Crisis (EPGeCórdoba), 6 de cada 10 encuestados dicen que se les acaban los ingresos el día 20 del mes o antes.

Cuando se acaba la plata, 32 por ciento restringe consumos; 27 por ciento busca trabajar más y 16 por ciento tarjetea esperando que vengan meses mejores.

“Así se arma un combo de pluriempleo, sobreexplotación horaria, desahorro, infraconsumo y deuda –explican–. No porque la gente quiera ´progresar un poquito´, como dice Alejandro Fantino, sino porque se resiste a ´cagarse de hambre´. Ya sea mediante aplicaciones o combinaciones de changas, los ingresos son inconstantes y poco previsibles. Y en ese universo, la deuda es una posibilidad de aguantar la carrera con el último día del mes, pero también lo es la inmovilidad”.

Aguantar. Con deudas, changas o incluso un parate. Es que mientras algunos viven en el día a día, otros administran cuidadosamente el ingreso del día uno. El consumo restringido achica espacios en los que se vive.

“En sectores que conocieron el empleo formal, los primeros recortes son las vacaciones, el deporte, salir a comer, comprar ropa, suscribirse a plataformas para ver películas. La quietud se combina con una actividad demandante: conseguir promociones, comprar en el super alejado del centro y en la verdulería del barrio, buscar alternativas online de productos de farmacia, sistematizar la información sobre descuentos en determinados días de la semana en comercios específicos. Así, el espacio mental de administración y efectivización de gestión en una economía doméstica es asumida, en su mayoría, por las mujeres del hogar”.

Juana Garabano y Gonzalo Assusa analizaron los datos en el marco del Proyecto “La gestión de la crisis en los hogares cordobeses. Un estudio desde la perspectiva de la desigualdad de clases sociales, género y edad (2023-2027)” del Observatorio Social y Cultural por el Desarrollo Sostenible de la Universidad Nacional de Córdoba.