EDITORIAL: 131 AÑOS. ¿QUÉ PERGAMINO ESTAMOS FESTEJANDO? Por Enrique Schierloh

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Pergamino, 9 de octubre de 2026

Pergamino cumple 131 años. Hay desfiles, discursos y peñas. Y está bien que festejemos. Somos una ciudad con historia, con identidad, con una cultura del trabajo que nos hizo orgullo de la pampa gringa.

Pero los aniversarios no son solo para celebrar. Son, sobre todo, para hacer balance. Para preguntarnos, con honestidad brutal: ¿qué ciudad tenemos y qué ciudad merecemos?

Y ahí, el cotillón se termina.

Porque detrás del Pergamino postal, persiste el Pergamino real. Ese que no sale en los actos oficiales y que duele.

Duele una pobreza que ya no es coyuntural, sino estructural. Que alcanza a un tercio de nuestros vecinos. Familias que revuelven la basura para comer, mientras a pocos kilómetros se cosecha la soja más cara del mundo. Niños que dependen del comedor escolar incluso en enero. Esa es la obscenidad que no podemos naturalizar.

Duele el vaciamiento del Estado local. Un municipio que cierra su Secretaría de la Producción en el corazón agroindustrial de la Argentina es un municipio que renuncia a pensar el trabajo. Y el resultado está a la vista: precarización, informalidad y el éxodo silencioso de nuestros jóvenes, que hacen las valijas porque Pergamino no les ofrece horizonte.

Duele el agua. En pleno siglo XXI, discutir si el agua de la canilla es potable es un síntoma de atraso. Agua con agrotóxicos, sin controles serios, sin transparencia. Y un Estado que se niega sistemáticamente a crear un registro de cáncer, como si no nombrar la enfermedad la hiciera desaparecer. La salud pública no puede ser un tabú.

Duele la CELP. Lo que debería ser la cooperativa de todos, la herramienta para el desarrollo, se ha convertido en una caja negra, conducida con impunidad, cobrando una de las energías más caras del país, ejecutando tasas municipales de prepo y dejando a cientos de familias a oscuras por no poder pagar. La energía como castigo, no como derecho.

Duele moverse en Pergamino. Un transporte público indigno, con unidades destartaladas, frecuencias caprichosas y un boleto impagable que castiga al trabajador. Barrios enteros aislados, como si fueran de otra ciudad.

Duele la vivienda. Mientras el mercado inmobiliario especula y remata lotes a valores imposibles, miles de familias pergaminenses han dejado de soñar con la casa propia. Han caído en la resignación. Y no hay nada más peligroso para una sociedad que un pueblo resignado.

Por eso digo: no alcanza con festejar.

Pergamino no necesita más administradores del declive. Necesita un proyecto. Tiene todo para ser locomotora de la región: tiene tierra, tiene industria, tiene trabajadores, tiene ciencia y universidad. Lo que le falta no es recurso, es voluntad política y decisión de romper con la mediocridad.

Quiero un Pergamino que no sea un municipio de 1900, mero prestador de servicios deficientes, sino un municipio del siglo XXI, promotor de empleo, garante de derechos, planificador de futuro.

Para que el próximo 23 de octubre podamos festejar todos, no solo unos pocos.

Pergamino merece más. No me resigno.

¡Pergamino, levántate y anda!

Enrique Schierloh