“Te prestan sabiendo que te van a poder quitar todo lo que quieren”

Transas, juego clandestino y deliverys puerta a puerta de efectivo son parte del paisaje cotidiano en los barrios donde más pega la morosidad. Cuando no se puede pagar, confiscan muebles, un auto o un terreno. Las historias de las familias que peor la pasan.
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“Hay prestamistas y prestamistas”, dice Yamila. “Algunos se llaman Pago Diario: son los que vienen en moto, te prestan una cantidad de plata, no les importa si te conocen o no; vienen a domicilio a darte la plata. Así saben después adónde tienen que ir para cobrarte. Esos son los más jodidos”, comenta. “Muchas veces, cuando alguien dice prestamista, está diciendo narcotraficantes”, aclara uno de los integrantes de las organizaciones sociales que forma parte de la charla con Página/12.

Prestamistas. Usureros. Transas. Soldaditos. Tu casa. Entran. Apriete. Se quedan con la tele. Se quedan con la heladera. Te plantan dos palos en el terreno y se quedan con el lote. Mudanzas apuradas. Secuestros extorsivos. Amenazas con un incendio.

Cada barrio los nombra de manera diferente. Son el nuevo final de un embudo. Expulsadas del sistema de préstamos bancarios y de las billeteras virtuales por la acumulación de deudas, cada vez más personas acuden a prestamistas. Muchos están vinculados con distintos negocios de la economía ilegal: droga, juego virtual o clandestino.

El negocio crece y causa terror en los barrios. Algunos nombres circulan de boca en boca; otros llegan en moto. Hay quienes tienen agencias de autos, prestan a comerciantes o después se quedan con bienes. El viejo quinielero siempre tenía otro prestamista atrás y ese oficio es uno de los que parece estar reconvirtiéndose. Son prestamistas conocidos, pero ahora aparecen nuevos actores que saben que no hay dinero, prestan y cobran tasas “infinitas”, con interés de 10 mil o 15 mil pesos por día, lo que puede desestabilizar cualquier economía familiar. Amenazan. Merodean. Y se quedan con las casas.

“Esto viene creciendo”, dice Luci Cavallero, socióloga y militante de Movida Ciudad. “Frente al agotamiento de sacar créditos con las billeteras virtuales, la gente acude a prestamistas barriales”, agrega.

Los prestamistas no surgen ahora, dice Luci. Históricamente, hubo una o dos personas que prestaban en los barrios. Lo nuevo es la aparición de otros prestamistas que “ya cuentan con que hay una falta de liquidez total en los barrios y que directamente se van repartiendo los territorios. Vos prestás acá, yo presto acá”.

Son actores nuevos y tienen una vinculación mucho más orgánica con economías ilegales: no solo con tráfico de droga, sino también con las apuestas virtuales e ilegales. “Prestar dinero se transforma en un mecanismo por el cual vos hacés trabajar dinero que obtenés de fuentes ilícitas. Ese dinero que no podría entrar al circuito legal, lo ofreces en forma de préstamo a personas que están pasando una necesidad”, completa Cavallero.

Un caso narco en la justicia

El narcocrédito, así le llaman, es un mecanismo por el que una persona que vende droga en un barrio popular o en una villa de emergencia encuentra la posibilidad de prestar plata a intereses usurarios. A veces, los intereses de los narcos son más bajos que las billeteras virtuales. Usuarios todos, pero más baratos.

Hubo un caso que llegó a la justicia. Una pareja secuestró a una de sus deudoras, una empleada de una pizzería. La mantuvieron en cautiverio, bajo amenazas y con arma de fuego, y le exigieron a su marido y a sus patrones un pago de rescate: primero, 8.000 dólares; al final, 1.500.000 de pesos.

La causa, elevada a juicio por el fiscal federal Fernando Domínguez, muestra escenas del deterioro económico y social. Chat con aprietes, préstamos para pagar la diaria de alimentos, vivienda o un viaje de egresados. Fueron doce préstamos en total entre febrero y marzo de 2026: once con tasas que duplicaban el capital prestado.

Los investigadores no pudieron probar una conexión con la economía ilegal del narcotráfico, aunque tuvieron una fuerte sospecha de que así era.

Además del narco, existen otras usinas de préstamos territoriales. También están las agencias de autos: no las grandes agencias, sino talleres más chicos, de cinco o seis autos, que compran y venden y generan dinero que salen a ofrecer.

Eva: la deuda en casa

Eva es albañila, madre y estudiante. Trabajó en un restaurante de Puerto Madero hasta hace siete años cuando la despidieron durante un embarazo. Luego se reinventó. Aprendió su nuevo oficio en el barrio donde vive, un asentamiento de seis manzanas en el Oeste del conurbano. La cooperativa construyó las casas y tomó otros trabajos. Con el gobierno de Javier Milei, el trabajo se frenó y ella se endeudó.

— Se puso fea la cosa. Yo conservo las tarjetas de crédito porque para el trabajador son un tesoro preciado –dice–. Las utilizábamos en diciembre como para decir: bueno, ¿qué vamos a comprar? Tal vez pintar la casa, comprar una heladera, casos muy especiales. Pero desde que asumió Milei, las cosas fueron empeorando y el trabajo empezó a caer.

La tarjeta dejó de pagar bienes durables y pasó a pagar el ida y vuelta al supermercado. Un problema de salud el año pasado terminó sacándola del mercado.

—¿Por qué no le pedís unos pesitos a tal persona que no te cobra tanto, pero por lo menos te lo va a prestar y no te pide requisitos? –le propusieron en el barrio.

Eva tenía un “choclazo” de deuda con la tarjeta: 1,2 millón de pesos. Aceptó. Al comienzo le pidió al prestamista 200 mil pesos y un mes después devolvió 400 mil. Luego pidió 500 mil y, un mes después, le pedían un millón. No pudo devolver nada. Un día, salió para el trabajo y su hijo la llamó por teléfono.

– Me dijo que había un tipo que se había metido en casa y preguntaba por mí --dice--. Se metió al fondo, miró de un lado y al otro, preguntó a qué hora volvía, a qué hora me iba. Mi hijo no le contestó, sólo le dio mi número: claramente el tipo no tenían buenas intenciones.

Eva les puso un nombre: “prestamistas usureros”.

– Le puse un nombre vulgar pero se lo merecen: son prestamistas usureros porque te prestan sabiendo que te van a poder quitar todo lo quieren y seguir generando más miseria en tu vida.

Y dice:

– Obviamente, el que te viene a apretar no es el que te prestó la guita. Manda a un montón de soldados que tiene trabajando: no les importa si tenés hijos, si estás enfermo, si sos jubilado. Saben que te van a apretar una o dos veces y que la tercera, te plantaron dos palos: en algunos casos se quedan con las casas directamente, en otros te la vacían, si tenés un vehículo, te lo llevan.

El final del embudo

¿Qué dimensión tiene? ¿Cuántos son? ¿Cuáles son los datos? Hernán Letcher del CEPA sostiene que esto es parte de la precarización del endeudamiento.

“En este momento, se empezó a frenar el aumento de la morosidad con los bancos –dice-- pero cuando vos ponés la lupa, el banco resolvió su problema porque no presta más y esa persona morosa se da vuelta y toma dinero de la billetera o del prestamista y cancela el banco”.

El circuito es un embudo de tres partes: banco, billeteras virtuales y prestamista. Primero uno, después otro, y al final los prestamistas. La deuda de las familias creció de manera violenta de noviembre de 2024 a junio de 2026: pasó de 2,5 a 12,8, cuatro veces más que la de las empresas. Hoy la toma se frenó, pero crece la deuda informal, con dos problemas: desaparece el dato –bancos y billeteras virtuales tienen trazabilidad; el prestamista, no– y aparece el problema de la deuda y la tasa.

Se pasa de una deuda bancaria con tasa de 180% anual con posibilidad de renegociar, a una billetera con tasa de hasta 1400% y, finalmente, al prestamista de barrio, con tasas infinitas y que pueden cobrarse hasta con el horno de una casa.

Una pandemia de endeudados Milei, un fenómeno de morosidad barrial. Archivo -

¿Cuántos son los afectados? Como no hay manera de trazarlo, no hay estadísticas, no hay ningún registro: es un agujero negro. Los estudios jurídicos en general llaman a los morosos e incluso los acosan, estos prestamistas te mandan a apretar directo con soldaditos o lo que sea, dice Letcher. “Y ahí tenés un problema serio porque no solo no tenés registro, el problema es cómo lo solucionas: ¿cómo hago para registrarlo si me lo prestaron los colombianos de no sé dónde?”.

En el barrio de Eva hay varios casos. Un vecino perdió el auto con un prestamista que ahora pasea en él. Una familia perdió la mitad de su lote con un prestamista que levantó allí un complejo de cuatro monoambientes, con baño, cocina y comedor, y una habitación arriba. Otra mujer perdió su parte del lote y, por ahora, tiene un tejido y el comienzo de una obra. Eva, por las dudas, dejó su moto durante un tiempo en la casa de su mamá.

Hoy en el barrio la gente está desesperada, dice. No puede pensar con claridad.

—Después de haber pasado todo esto y haber salido de ese teje y maneje, yo digo: ¿qué habré tenido en la cabeza para poder entrar en este círculo y haber salido intacta? Porque creo que salí.

Marta: docente, jubilada y acosada

Marta acaba de volver del hospital con problemas de presión: tuvo 19-11 durante todo el día. Es jubilada y a veces no duerme. Ahora vive con su hijo. Tiene diez prestamistas que le “andan dando vueltas” durante el día, como un zumbido. Quieren cobrarle deudas con intereses de 10 mil pesos por día. Se le paran en la puerta de la casa y golpean.

– Hay uno que me puso 15 mil pesos diarios de interés –dice–. Ya le entregué dinero, me pide electrodomésticos. Le di un microondas que compré y me metí en otro crédito para poder dárselo.

El hombre no frenó con eso.

– Ahora me está hostigando con un parlante que no sé cómo comprar, pero voy a tener que hacerlo porque no te puedo explicar el asedio de los que vienen a mi casa.

La deuda arrancó tiempo atrás, cuando decidió celebrar el cumpleaños de su hijo, que también se había recibido. Pidió un crédito, pero como tenía una jubilación mínima de la Provincia y un problema en el Veraz por una tarjeta, debió acudir a un prestamista. El problema empezó ahí y se convirtió en “rueda imparable” que la mantiene todo el tiempo en el borde.

“Yo conozco a uno que presta”, le dijo un vecino cuando arrancó.

Ahora todos son prestamistas que están fuera del sistema financiero formal. Ni bancos ni billeteras virtuales.

– Los míos son todos particulares y no sé si no es peor --dice--, porque vivís amenazada todo el tiempo. Es algo que tenés miedo. Miedo de salir a la calle, no sabes si te lo vas a encontrar.

– ¿Se llevaron algo de su casa?

– No, no –dice Marta–. Yo tuve que comprarles algo nuevo, el microondas, porque no querían el de mi casa.

En Ciudad, la violencia se dispara de la misma manera. Luci Cavallero menciona dos casos. Un prestamista amenazó a una mujer con llevarse a sus hijos a trabajar para él. Podría tratarse de una red de explotación sexual con las chicas y a los varones como soldaditos de una economía ilegal asociada al tráfico de drogas. En otro caso, una mujer fue amedrentada por un prestamista que merodeaba su casa y amenazaba con incendiarla.

Ante la primera amenaza, la organización generó una colecta con el barrio para que la mujer pudiera pagar la deuda. En el segundo caso hicieron una denuncia penal.

Movida Ciudad trabaja hace un año con personas endeudadas en asambleas, con asesoramiento y contención en salud mental y busca llevar la discusión a los barrios populares, como la villa 31 o la 21-24. Para Cavallero, una denuncia penal es importante, pero no alcanza: hace falta una malla de contención en los barrios para quienes denuncian.

“Es más importante el acompañamiento de las organizaciones porque la Justicia y los abogados no están dentro del barrio y entonces la gente que denuncia queda a merced de las represalias que puedan tomar estos grupos”, explica. “Por supuesto, es importante el acompañamiento jurídico, pero no alcanza. Y esto me hace acordar mucho a la violencia de género que nos presentaba esta pregunta: “¿Qué dispositivos tienen que armarse en los barrios para dar una solución multidisciplinaria?”

Yamila: el prestamista en la puerta de tu casa

Yamila empezó a militar con un grupo de endeudados. Sacó un crédito de 20 mil pesos para la SUBE y la deuda creció tanto que un día impactó en el límite de la Tarjeta Naranja, su único tesoro, con la que compra la comida para sus hijos. Pagó el total el tiempo que pudo, hasta que pidió un préstamo en el barrio.

Mamá, decoradora y ahora cocinera en un hogar, vive en Lomas de Zamora donde hay prestamistas de unos y de otros.

“Te prestan una cantidad de plata que vos agarrás: 500 lucas, pero tenés que devolver un millón. Y ese millón, ¿cómo lo devolvés? Y después tenés al prestamista en la puerta de tu casa a cada rato. A mí esa situación, gracias a Dios, no me pasó, pero acá en el barrio la mayoría está desesperada viendo de dónde puede sacar plata para pagar”.

Fidel Ruiz es el coordinador de formación de La Poderosa. Antes de llegar a sacar las cosas de tu casa –dice-- existe un paso previo: se quedan con la tarjeta de la Asignación Universal, por ejemplo.

Fidel cree que los proyectos de ley sobre endeudamiento sirven, pero no alcanzan, porque el verdadero problema es estructural.

“Acá, la Ciudad votó un proyecto de Leandro Santoro para personas que están endeudadas, de Pitu Salvatierra también, pero los gobiernos no están pensando ninguna política pública que pueda salvaguardar la vida integral de estos vecinos y vecinas. Porque te recortan la educación, te cortan la salud, te recortan programas sociales, todo te cortan, pero después te echan la culpa a vos de por qué te estás endeudando”.

La crueldad del que presta

Del otro lado, también hay algo nuevo: una especie de “nada de esto es un problema ni está mal”. Hernán Letcher reposteó algunos avisos de prestamistas. Entre ellos, una cámara subjetiva conduce una camioneta mientras una voz cuenta que van a buscar una cocina a una casa.

Conurbano. Calle de tierra. La mujer no pudo pagar, dice la voz. Quería llamar a Defensa del Consumidor y al juez, pero presionamos y presionamos lo que más pudimos y nada –sigue--, ahora estamos yendo a buscar la cocina.

Plano siguiente: la casa de destino, día, exterior. Camioneta de culata. Cocina en andas. Y el grupo pega la vuelta y se marcha como si nada.

Video dos. Otra moto. Otra cámara subjetiva. Voz en off. Un aviso: “Préstamos de 70 K, ganancia 35 K”. El pibe-cámara avanza en otro paisaje parecido al primero, mientras pasa el anuncio e invita a acompañarlo a esa especie de paseo de adrenalina en vivo.

“Hay una lógica de contar la crueldad desde el lado del que presta plata”, dice Letcher. “Hay una crueldad evidentemente de la etapa política que indica que, al menos para una parte, nada de eso es un problema ni está mal, y casi casi lo ve positivo. ¿Cómo promocionas tu negocio de préstamo mostrándome esto?”.