La resistencia social en el silencio del Estado nacional

Se recorrió una ONG del conurbano y conversó con los protagonistas de una trama social que empeora. Capital Humano no responde a los llamados para brindar alimentos y mientras tanto ya son cien los adolescentes que comen allí todos los mediodías.
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En los barrios se entrelazan vínculos y se sostienen espacios que hacen del tejido social colectivo el único lugar donde para muchas familias argentinas aparecen respuestas o ayuda, cuando la ausencia del Estado rebota con eco del más duro silencio político. La Fundación de la Calle A La Vida lleva 26 años en Caseros. De todo lo que sucede allí, lo prioritario es el comedor. Todos los mediodías alimentan a entre 80 y 100 niños y adolescentes de toda la zona: Villa Mercado, barrio Derqui, barrio Evita y los Rusos. Tras varios pedidos de ayuda realizados a Capital Humano, la respuesta fue nula.

Al ingresar a la fundación, un edificio de dos plantas cuidado por la comunidad, te topás con las mesas donde se come, se juega y se habita el espacio. La misión la llevan adelante todos los días tres cocineras: Graciela, Patricia y Gabriela, que asisten al comedor hace décadas.

“Lo central es el comedor, pero además tenemos secundaria para adultos, FinEs, talleres de oficios, centro de jubilados, boxeo recreativo, todo con actividades gratuitas, con docentes que vienen a colaborar de distintos lados”, explica Clara, su coordinadora. Le contó a Página/12 que reciben colaboraciones, pero del gobierno nacional, nada: “Con el comedor tenemos ayuda cero de Nación. De Provincia recibimos alimentos y el marco de los programas educativos, y del Municipio una tarjeta mínima. Hicimos el pedido en Capital Humano, pero no hubo respuesta”.

El Estado, ausente

Durante los dos años de gestión libertaria, los pedidos de ayuda al Gobierno fueron varios. “El año pasado, cuando decían que había ‘comedores fantasmas’, vinieron a controlar y se encontraron al mediodía con el comedor a full, como todos los días. Pero después no recibimos ninguna novedad. Mandamos mail, por Instagram, por WhatsApp, pero nada, nunca ni una respuesta. No logramos nunca hablar con ningún ser humano de Capital Humano, valga el juego de palabras. Ni por las redes, porque no te dejan comentar las publicaciones que hacen donde todo parece maravilloso”, expresó la coordinadora. “Tenemos anotados a 150 nenes y adolescentes hasta los 18 años. Vienen entre 80 y 100 por día. Son muchos. Ahora está aumentando, ahora hay gente de clase media que se acerca, no solamente de barrios humildes. Hace poco vino una mamá con el hijo que tiene 16 años; ella está en una situación difícil, no tiene trabajo, y vino a pedir que venga a comer el hijo. No es solamente de barrios carenciados”.

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Sin repetición ni postre

Al momento, las cocineras trabajan en racionalizar los alimentos que reciben de forma tal que puedan abastecer toda la demanda, pero Clara detalló que sin previsión, la cobertura se reuelve mes a mes. “Hemos tenido momentos en los que barajamos la posibilidad de dar menos días, porque no tenemos acopio. Vamos mes a mes con campañas pidiendo ayuda, y vamos viendo. Pero no rebotamos a nadie. Lo que ahora pasa es que no hay repetición ni postre. Antes había, y si un chico te pedía repetir se podía, pero ahora no alcanza”.

“Hace un tiempo decían que iban a dar una tarjeta a cambio de alimentos, pero nunca la obtuvimos. Esta organización tiene todo lo necesario, personería jurídica, todo, pero no hubo ni siquiera una respuesta con un ‘No’. Ahora vimos que el PNUD da solvencia económica y ellos deberían ayudar con eso, pero tampoco hay respuesta”, explicó Clara, y agregó: “Si la gente se puede sumar a colaborar mensualmente sería enorme; si no, bueno, alimentos no perecederos, todo suma”.

Algunos vienen con las madres, otros entre grupos de compañeros de escuela. Hasta hoy, las cocineras pudieron dar respuesta al menos con un plato de comida a cada chico. Pero racionalizan la comida con nervios. Algunas mañanas se miran entre ellas y se dan cuenta de que no les alcanza, que tienen que poner otra cosa en el horno o en la olla. Graciela conversa acodada a la barrita de la cocina tipo chorizo del comedor después de una larga jornada de trabajo. “Yo empecé a venir a comer con mi hijo Francisco hace una vida. Llevo toda la vida acá. Después empecé a colaborar, y ahora cocino. Le damos de comer a 80 o 100 por día. A veces milanesa de pollo o de carne, a veces salchicha, a veces puré, a veces guisos. Arrancamos a las diez de la mañana. Empezaron a llegar más chicos y de otros barrios”, relata Graciela mientras ojea un budín que puso en el horno para la mañana siguiente.

“Yo tenía a mi primer nene de ocho años cuando empecé a venir acá. Ahora cocino todos los días. Cocino también en casa para vender, para ganar un mango”. “Tendríamos que cambiar el horno, las hornallas que tienen siglos, los utensilios, que tenemos justo lo necesario para resolver”.

FOTO ADRIAN PEREZ 
   comedor   comunitario   casero
comedor comunitario casero FOTO ADRIAN PEREZ comedor comunitario casero ADRIAN PEREZ

Dos veces a la semana, los jubilados del barrio se encuentran para jugar, merendar y compartir tiempo. Patricia, una de las jubiladas, reflexionó sobre los tiempos que tocan para los jubilados de Argentina. “Acá estamos los jubilados de la mínima. Los que fuimos clase media y ahora baja. Hablamos mucho de política, de la quita de remedios. La remamos ayudándonos entre todos. No se llega. Ayudan los hijos, o colaboramos todos con la economía familiar”. Y agregó: “La gente mayor necesitamos hablar con alguien, porque muchos estamos solos. Nuestros hijos, si los tuvimos, ya hacen su vida. Son grandes. Hay mucha soledad, y en estos espacios encontramos amigos y pertenencia, para conversar de las mismas cosas que te pasan, por ejemplo”.

Mirta es jubilada y militante política. Participa activamente de movilizaciones, marchas, habla de política y militó toda su vida. “Yo antes viajaba con amigos, con mi marido; ahora contamos la plata para cubrir lo elemental. Es impresionante lo que pasó con los jubilados. Yo realmente creo que este Gobierno quiere que seamos menos, y nos tiran a morir”. Y Patricia agregó: “Y los pibes se deprimen, no tienen proyectos de vida, no pueden ni soñar con acceder a una casa o a un trabajo digno como accedíamos nosotros. Te miran y te dicen: ’¿Para qué voy a estudiar si no hay trabajo?’. Y la verdad es que eso es muy desesperanzador".

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   comedor   comunitario   casero
comedor comunitario casero FOTO ADRIAN PEREZ comedor comunitario casero ADRIAN PEREZ

“Nosotros acá nos encontramos, jugamos, viene una voluntaria que arma diversos juegos, trabajamos la memoria. Nos ayuda a ejercitar la escucha también”, agregó Patricia, sonriendo. La jornada en la fundación cerró entre mates, anécdotas y risas. La dignidad social que se encuentra en la ayuda colectiva perfora la época, la desesperanza y el dolor.

Para colaborar con la ONG, podes comunicarte con ellos a través de su cuenta oficial de Instagram: @fundadelacalle.