¿Milei está loco?: la trampa de diagnosticar a los líderes de ultraderecha

Desde que llegó a la Casa Rosada, el Presidente fue explicado a partir de su conducta más personal, con sus traumas, sus excesos y sus desbordes. Es que la irrupción de las extremas derechas en el siglo XXI trajo también todo tipo de diagnósticos apurados. De las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a Cristina Kirchner, pasando por Trump y Bolsonaro, ¿qué pasa cuando el lenguaje psiquiátrico se cuela en la discusión política?
Politica11 de mayo de 2026OtrasVocesOtrasVoces

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Alguna vez Donald Trump le dijo a su ex fiscal general William P. Barr: “¿Sabés cuál es el secreto para un buen tuit? La dosis justa de locura”.

La imagen, evocada por el New York Times, es elocuente y desnuda algo que podemos intuir a simple vista: la locura es parte de la escena enunciativa que proponen las ultraderechas. Desde su llegada al mainstream político hemos visto todo tipo de diagnósticos, en una predilección por la patologización de estos líderes. Y, sin embargo, esas explicaciones relatan bastante poco de lo que la ultraderecha hace.

No solo en la política se ve una expansión del lenguaje psiquiátrico, que abandonó el ámbito terapéutico para extenderse a casi todas las conversaciones de la vida cotidiana. “Es un rasgo saliente de nuestro mundo de hoy”, resume la Dra. en Filosofía Renata Prati en el libro Fervor y temblor (Editorial UNAJ, 2025), una compilación de textos y artículos publicados por la Universidad Arturo Jauretche que aborda las investigaciones de las Ciencias Sociales que delimitan enemigos, develan recursos enunciativos de las ultraderechas y, lo que nos atañe en esta nota, se preguntan por la aparente “locura” de la variante local, Javier Milei.

Es en este contexto que los medios de comunicación publican anécdotas, columnas y análisis sobre el carácter, la vida privada y las excentricidades de estos líderes de la extrema derecha. Pero no solo eso: las redes sociales también nos convidan a diagnosticarnos con una lista de requisitos que nos promete una respuesta exprés al malestar sin movernos del sillón de nuestra casa.

Me parece muy importante no quedar entrampado en la pregunta de si Milei está loco o no”, dice, por su parte, la doctora en Ciencias Sociales y Humanas, politóloga y docente Camila Arbuet, quien también participa de Fervor y Temblor. “El problema de esa pregunta es que entroniza la idea de lo normal”, agrega.

En el campo de la psiquiatría, un diagnóstico rápido y “a distancia” suele ser entendido como un abuso de autoridad pública. Un antecedente notorio, recogido en Fervor y temblor, es el que involucra al candidato republicano estadounidense Barry Goldwater, quien durante la campaña presidencial de 1964 fue calificado en un artículo de una revista como “psicológicamente incapacitado” para ejercer el poder. En respuesta, Goldwater demandó judicialmente al medio. “El artículo sugería que la agresividad extrema de Goldwater se remontaba a traumas infantiles, crisis nerviosas y tal vez una homosexualidad reprimida (ser homosexual, por entonces, se clasicaba como trastorno)”, recuerda Prati en Fervor y temblor, quien también argumenta que la práctica, es decir, el diagnóstico a distancia como arma política, aunque eficaz, es criticable en sí, más allá del signo político.

La cuestión de la psiquiatrización de la política no se agota en que implica un problema ético y moral, un argumento que hoy no parece gozar de demasiada popularidad. Si esta cuestión no alcanza, al menos, sería importante tener en cuenta sus efectos: la patologización de la política es tan impredecible como un incendio que avanza, hectárea tras hectárea, dejando un tendal de heridos a su paso.

Ya lo sabemos porque lo hemos visto: en Argentina hay sobrados ejemplos de patologización de ideas y causas políticas. Desde las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, a quienes los militares llamaban ‘locas’, hasta el diagnóstico televisado del síndrome de hubris a Cristina Fernández de Kirchner o las tapas de la revista Noticias que hicieron lo propio con un supuesto síndrome bipolar. Lo que está mal no es ser bipolar, lo que está mal sería, en todo caso, utilizar ese diagnóstico para rechazar alguna postura política.

Milei, Trump-03/05/2025
Milei, Trump-03/05/2025 Milei, Trump-03/05/2025 (AFP/AFP)

Boys don’t cry: los hombres (de derecha) no lloran

Luego de las elecciones presidenciales argentinas de 2023, muchos medios de comunicación y algunos sectores de la política nacional arribaron a una especie de consenso respecto de la extrema derecha: de alguna manera, lo que podía reconocérsele al espacio de La Libertad Avanza y sus aliados era que supieron conectar y reconocer un malestar en la sociedad. Pero las preguntas bien podrían ser otras, por ejemplo: ¿para qué intentan conectar? ¿Con qué objetivos? ¿Qué van a hacer con ese malestar que supieron reconocer? En todo caso, la conexión con un sentir social parece más un valor de corte electoral.

Ni Milei ni Trump ni Jair Bolsonaro organizan su propio discurso desde la rotura, desde el daño, desde la etiqueta vulnerable de un diagnóstico. Les hablan a los rotos, pero no se reconocen rotos, porque no usan el daño para conectar con otros daños colectivos. Convocan, más bien, desde la agresividad y la fuerza.

El discurso mileísta asume el lugar de la villanía, el de los ganadores que ya están cansados de posponer su supremacía”, explica Arbuet en “Salar la herida”, su texto que integra Fervor y temblor. “Milei no habla desde su daño personal confiriéndole alguna autoridad –eso lo hacemos nosotrxs–; Milei habla desde el goce humillador de su triunfo y desde allí despliega una tanatopolítica que hace de lxs vulnerables –lxs discapacitadxs, lxs viejxs, lxs pobres y todo lo que él entiende como una resaca social– parte de lo que hay que suprimir. En ese punto, su postura no dista demasiado de la biocracia fascista”, detalla la politóloga.

Cuando el periodista de A24 Antonio Laje entrevistó al presidente Milei luego de las últimas elecciones legislativas, cinco meses atrás, algo ocurrió durante la conversación que podríamos tomar como ejemplo. “¿Te puedo interrumpir?”, comenzó el periodista. “La gente que viene pasándola mal... en los últimos meses la economía se frenó, ¿qué le espera de ahora en adelante?”, preguntó Laje.

Milei, molesto por la interrupción, contestó: “Claro, eso es lo que quiero explicar: qué es lo que está pasando”. Y continuó con su diagnóstico del presente económico, sin entender que su interlocutor le había ofrecido un pie para mostrarse, digamos, humano o empático.

“No le sale porque no cree que eso sea importante o que sea su discurso. Su discurso tiene como objetivo que la gente que lo apoya lo siga sosteniendo: es ‘vamos a patear más cabezas’”, completa Arbuet, tras recordar el episodio. “Para esta forma de gobernar no es redituable políticamente eso, porque ellos no creen que tengan que mostrar signos de empatía. Más bien negar la crisis, decir que los números mienten”, completa.

Puede que la cuestión sea meramente estética, porque los líderes de la extrema derecha definitivamente juegan con sus peinados (Donald Trump, Javier Milei y el ex premier inglés Boris Johnson, entre algunos ejemplos), las formas altisonantes, la cosa emocional y, en el caso local, hasta la propia admisión de que habla con perros (que se sospechan muertos), pero también un remix de religiosidad y espiritualidad new age esotérica.

Milei Motosierra
Milei Motosierra Milei Motosierra (Sin Credito)

Hay algo que ahora vemos con el diario del lunes pero que, de cualquier manera, nunca estuvo en duda en vistas de la composición de sus gabinetes y los elencos que se repiten históricamente, al menos en la variante local. La ultraderecha no lee el malestar para transformar esas realidades, no busca la transformación del estado de las cosas, sino más bien viene a reforzar las estructuras que producen el malestar.

En diálogo, Arbuet profundiza el análisis sobre el lugar enunciativo que utilizan estos líderes de extrema derecha y por qué no se reconocen dañados. Allí advierte que es justamente esa falta de apropiación del daño la que nos deja pasmados, y que en esa forma del discurso no hay despliegue, tampoco, de una gran estrategia política.

“Pero sí (esa falta de apropiación) tiene una función política”, aclara. “Y la ejerce, y eso tiene una racionalidad intrínseca. Pero que la tenga no quiere decir que tenga un sentido claro y que sea una estrategia de ajedrez, eso de ningún modo”, resume.

Porque, además, la traducción que los medios de comunicación hacen sobre la infancia o los traumas de Milei o lo que los medios de comunicación les hacen decir a estos líderes de extrema derecha, en última instancia, transforman las formas en las que hablamos de política. En resumidas cuentas: generan efectos como la individualización de los fenómenos, la banalización de la crueldad y la despolitización de una discusión que es necesariamente política.

Con la misma moneda: todo vuelve

Otro interrogante válido sería también preguntarse si hablar del daño, de la supuesta locura del presidente, va a hacer cambiar su política pública. Si quedarse en ese debate nos puede dar algún dato nuevo sobre cómo se compone la escena política contemporánea o sobre cómo se comportan efectivamente los votantes de Milei.

“Solo refrenda lo que ya sabemos”, asegura Arbuet. “Y además reproducimos las formas. Me parece una forma vejatoria que se nos prende, se nos pega”, enfatiza.

Sin embargo, es comprensible caer en la tentación que propone la época. En la política, a pesar de los remanidos intentos por asociarla a las cuestiones más racionales, a pesar del intento por separar claramente lo privado de lo público, también hay formas que tienen que ver con el corazón. Otra vez, la historia argentina es un ejemplo del condimento melodramático que se inmiscuye en los asuntos de los hombres racionales, que, aunque lo intentan, no pueden sino sentir y resentir el estado de las cosas.

Fervor y temblor Fervor y temblor (Editorial UNAJ, 2025) (Prensa -)

Las formas del resentimiento

Cuidado con apelar a la racionalidad, se apunta en Fervor y temblor, porque en las “normalidades estalladas de hoy” nadie está exento de la locura, la tristeza ni el resentimiento. Y hay distintas formas del resentimiento: está aquel que elige no mostrar su daño, que lo cubre y lo enmascara y, desde allí, desata el caos. O bien aquel que se asume roto y desde ese lugar elige hablar. “El daño también puede ser el registro de una injusticia que requiere otra forma de pensar la justicia y de redistribuir la organización de la justicia”, dice Arbuet.

En contraposición a los que hablan desde el goce humillador, uno de los ejemplos que cita Camila Arbuet es el de la propia Eva Perón. “Cuando lean estas páginas las comentarán sonriendo con suficiencia, pensando que ‘esto es demasiado melodramático’. Yo quisiera gritarles: —¡Sí, claro que es “melodrama”! Todo en la vida de los humildes es melodrama. El dolor de los pobres no es dolor de teatro, sino dolor de la vida y, bien amargo. Por eso es melodrama, melodrama cursi, barato y ridículo para los hombres mediocres y egoístas. ¡Porque los pobres no inventan el dolor…! ¡Ellos lo aguantan!”, escribe Evita en La razón de mi vida, de 1951.

En esa línea, Arbuet publicó recientemente El despecho y los afectos feroces (Eduvim, 2025), una investigación sobre otro afecto denostado, el despecho, y en el que también aborda las formas del resentimiento.

“Laburo sobre el resentimiento en el capítulo de las travas, de la furia travesti, que dicen: ‘Yo soy resentida, ¿cómo no voy a ser resentida? Laburo con Camila Sosa Villada y Marlene Wayar”, explica.

“También con los nuevos libros de pibes villeros como el de César González, El niño resentido (2023), y me pregunto: ¿qué personas están dispuestas, no a decir ‘ellos son resentidos porque votan a la derecha’, sino ‘nosotros somos resentidos porque tenemos una herida histórica que es real, que es una herida de clase, de lo que nos hace el sistema judicial, de lo que nos hace la policía?’”, cierra.