El rebote ante el colapso industrial
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Con Milei, la industria atraviesa uno de los escenarios más caóticos y desiguales de su historia reciente, y solo comparable con gestiones neoliberales como la de la última dictadura militar, la de Carlos Menem y la de Mauricio Macri. Los datos del Indec correspondientes a marzo continuaron encendiendo las alarmas, no por el crecimiento aislado del 5 por ciento interanual, sino por la profunda fractura que divide a los sectores productivos bajo la política económica de la administración libertaria. Mientras algunos nichos vinculados a la exportación respiran, el corazón del entramado manufacturero nacional se desintegra en un escenario de desregulación extrema y asfixia del consumo interno.
Aunque el gobierno intenta capitalizar el fin de una racha negativa de ocho meses consecutivos, el acumulado del primer trimestre arroja una realidad incontrastable: una contracción del 2,3 por ciento. Este número es el síntoma de una economía que no logra consolidar un piso y que se mueve por impulsos espasmódicos.
El crecimiento mensual desestacionalizado del 3,2 por ciento contra febrero no alcanza a compensar el daño acumulado desde julio del año pasado, dejando a las pymes en una situación de vulnerabilidad extrema, expresada por dirigentes y trabajadores del sector.
Disparidades
La situación de la industria es dispar de acuerdo a la producción a la que se dedica y muestra dos rumbos bien diferentes. Los sectores estratégicos vinculados a la energía y los vicios muestran números positivos, como el tabaco (+28,2) y la refinación de petróleo (+13,5). Estas cifras responden más a dinámicas de precios internacionales y ajustes tarifarios que a una verdadera reactivación del mercado laboral o la inversión productiva local.
En la vereda opuesta, los sectores que más mano de obra intensiva generan están en caída libre. La situación de la industria textil, con un derrumbe catastrófico del 23,3 por ciento, marca el certificado de defunción para miles de talleres y puestos de trabajo.
La apertura indiscriminada de importaciones a precios muy bajos y la licuación del poder adquisitivo barrieron el consumo de cercanía, dejando a este sector en un estado de parálisis terminal que el discurso oficialista omite.
No menos grave es el panorama de la maquinaria y equipo (-11,3) y las industrias metálicas básicas (-10,1). Estos rubros son la base de cualquier proceso de industrialización serio; su retroceso indica que no hay inversión en bienes de capital. Si no se fabrican máquinas y no se procesa metal, el futuro de la producción nacional queda hipotecado. La caída del 8,9 en prendas de vestir y calzado termina de configurar un cuadro crítico.
Mientras las grandes químicas (+15,9) aprovechan los costos hundidos y las ventajas impositivas, el tejido social que sostiene la industria textil y metalmecánica se desgarra. La falta de una política industrial coordinada convierten al mapa productivo en un campo de batalla donde solo sobreviven los sectores extractivos o de consumo inelástico.
El dato de marzo muestra un rebote que más bien es el espejismo estadístico en el que oculta una reconversión regresiva. De esta manera, la industria va perdiendo complejidad y diversidad, recursos y técnica.
La conducción de la economía se vuelca hacia el sector financiero y extractivo, mientras condena a los segmentos que garantizan mejores salarios, ascenso social y empleo masivo.

