A 50 años del Golpe, nombrar es resistir
OtrasVoces

«Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido».
Jorge Rafael Videla, 1979.
1. El Comunicado Número Uno
El 24 de marzo de 1976, antes del amanecer, las radios argentinas interrumpieron su programación para leer el Comunicado Número Uno. La voz era militar y el mensaje era escueto: las Fuerzas Armadas habían asumido el control del Estado. Se llamaron a sí mismos Proceso de Reorganización Nacional.
El eufemismo era parte del método del Golpe: si se podía nombrar la barbarie con palabras técnicas y asépticas, quizás la barbarie podía volverse administración. Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti encabezaban la junta. Tres armas, un solo terror.
Lo que siguió fue una maquinaria. No un caos, no una pasión desbordada: una arquitectura del exterminio planificada con frialdad burocrática. Había centros clandestinos de detención con nombres que hoy la memoria convirtió en coordenadas del horror: la ESMA, El Vesubio, El Olimpo, El Club Atlético, Campo de Mayo, El Pozo de Banfield, La Perla en Córdoba, La Quinta de Funes en Rosario, Automotores Orletti en Buenos Aires.
Cada uno tenía sus captores, sus métodos, su cadena de mando. Suárez Mason, Riveros, Menéndez, Camps, Bussi, Etchecolatz: los apellidos de los verdugos son también parte del mapa a 50 años.
Nombrarlos no es honrarlos. Es precisamente lo contrario.
En ese primer año, René Salamanca, dirigente del SMATA, fue secuestrado y desaparecido. Bernardo Alberte, exsecretario general del peronismo, fue arrojado desde su propio departamento. Haroldo Conti, escritor, fue secuestrado en mayo. Raymundo Gleyzer, cineasta, en junio. Los sacerdotes palotinos fueron asesinados en su parroquia de San Patricio en julio. Monseñor Angelelli murió en un accidente demasiado conveniente para ser accidente, en agosto.
El régimen no distinguía entre un dirigente sindical y un cura tercermundista, entre un escritor y un estudiante secundario, entre un artista, periodista o un combatiente que se había alzado en armas en defensa de la Constitución Nacional, tal como la propia Carta Magna lo enuncia en su artículo 21.
La categoría de enemigo era elástica y voraz.
2. La arquitectura del silencio después del Golpe
El terror tiene una gramática propia. Una de sus figuras más eficaces no es el grito sino el silencio: el silencio que se instala cuando alguien desaparece sin dejar rastro, sin que nadie pueda reclamar un cuerpo, abrir un expediente, o siquiera pronunciar un duelo.
La dictadura argentina perfeccionó esa figura. Inventó, o acaso sistematizó, la categoría del desaparecido: alguien que no tiene entidad, que no está ni muerto ni vivo. Videla lo dijo con una claridad que, paradójicamente, lo condena para siempre. La figura del desaparecido era una trampa legal y una tortura psicológica: sin cuerpo no hay crimen, sin crimen no hay juicio, sin juicio no hay justicia. Los hábeas corpus rebotaban en los juzgados como piedras contra una pared.
El Operativo Claridad fue la cara cultural del régimen que comenzó hace exactamente 50 años: una purga sistemática de docentes, artistas, intelectuales. Las escuelas fueron intervenidas, las bibliotecas depuradas, los libros quemados.
Tato Bores, ese comediante que hacía reír sobre la realidad argentina, fue censurado por el mismo sistema que después intentaría apropiarse del Mundial para mostrarle al mundo una Argentina sana y limpia. Las películas de Palito Ortega llenaron los cines con una inocencia fabricada. La prensa cómplice miró hacia otro lado, o directamente colaboró.
La apropiación de Papel Prensa, por parte de los diarios Clarín, La Nación y La Razón, es uno de los capítulos más oscuros de esa complicidad con el Golpe. La apropiación del papel de diario mediante el terror y la extorsión comprometió a los grandes diarios nacionales en una operación que los ató al régimen.
Hubo excepciones: el Buenos Aires Herald y su director Robert Cox denunciaron en inglés lo que nadie se atrevía a decir en castellano y publicarían en diciembre de 1977 la primera solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, las que se reunían en la Iglesia de la Sant Cruz, en la ciudad de Buenos Aires y de donde parte del grupo fundador, junto a las monjas francesas fue marcado por el hoy condenado Alfredo Astiz para ser secuestradas y desaparecidas.
Hermann Schiller y el semanario Nueva Presencia alzaron la voz desde la comunidad judía. La revista Humor encontró en el chiste un escudo y un bisturí. Pero fueron islas en un mar de silencio entre cobarde y cómplice.
Y después estaba Rodolfo Walsh. El 25 de marzo de 1977, al cumplirse un año del golpe, Walsh distribuyó su Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar. Lo hizo solo, en la calle, sabiendo lo que le esperaba. Al día siguiente fue emboscado por una patota y desaparecido. Tenía 50 años. Su carta, el documento político más lúcido escrito durante la dictadura, sobrevivió porque Walsha la copió y la hizo circular antes de caer en combate contra una patota de la ESMA, en la esquina de San Juan y Entre Ríos.
La memoria como resistencia empieza ahí: en ese gesto mínimo de guardar un papel.
3. Los que nombraron a los muertos
El régimen contaba con que el miedo fuera más fuerte que el amor. Se equivocó. Fue el amor, el amor de las Madres, el que rompió el silencio primero y se sumó a dos organismos que ya existían: la Liga Argentina por los Derechos Humanos, fundada en la década del 30 y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, creada en 1975.
El 30 de abril de 1977, catorce mujeres comenzaron a dar vueltas en la Plaza de Mayo con pañuelos blancos en la cabeza. Eran una rareza para los que las veían, una amenaza para los que las temían.
El secuestro de las Madres de Plaza de Mayo ocurrió en diciembre de 1977, cuando un grupo de tareas secuestró a tres madres fundadoras, Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, y dos monjas francesas, Alice Domon y Leonnie Duquet en la Iglesia de la Santa Cruz. Fueron torturadas en la ESMA y arrojadas vivas al mar en los «vuelos de la muerte».
En 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), identificó los restos de las tres fundadoras y las religiosas, confirmando que fueron arrojadas al mar y sus cuerpos aparecieron en playas de Buenos Aires.
Las Abuelas siguieron un camino paralelo y más específico: buscar a los niños nacidos en cautiverio y apropiados por sus captores. La magnitud de ese crimen, bebés robados, identidades borradas, familias destruidas dos veces, tardó décadas en medirse. Hoy, a cincuenta años, las Abuelas han recuperado más de 130 nietos.
Hubo también otras voces. Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, fue secuestrado y torturado. Su caso llegó a escala internacional y puso al régimen en aprietos. Patricia Derian, funcionaria del gobierno Carter, visitó Argentina y presionó por los derechos humanos en un momento en que la mayoría de los gobiernos occidentales miraba para otro lado.
La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979 fue un momento bisagra: miles de argentinos hicieron fila durante días para declarar. El régimen respondió con la campaña Somos derechos y humanos, una de las frases más obscenas que produjo la propaganda dictatorial.

4. La economía del terror
La dictadura no fue solo un régimen de muerte. Fue también un proyecto económico. José Alfredo Martínez de Hoz, su primer ministro de economía, aplicó un programa de liberalización financiera radical que destruyó el tejido industrial argentino. La ley de entidades financieras de 1977, todavía vigente, abrió la puerta a la especulación.
La tablita, un cronograma de devaluaciones preanunciadas, y las tasas de interés más extravagantes de Occidente alimentaron la bicicleta financiera: un mecanismo perverso donde era más rentable especular con el dinero que producir bienes. La plata dulce y el deme dos de la clase media que viajaba al exterior eran el rostro amable de una economía que destruía empleo y concentraba riqueza.
La modernidad llama «carry trade» a ese proceso extractivista de recursos nacionales, concentrador y fugador.
La apertura de importaciones devastó la industria nacional. La comisión interna de Ford Motors fue uno de los casos más documentados de colaboración entre empresas y represores: trabajadores delegados fueron secuestrados y torturados, con la complicidad activa de la empresa.
Carlos Pedro Blaquier, en Jujuy, es otro nombre que la historia no olvidó: el empresario azucarero habría facilitado camiones y recursos para los secuestros de la noche del apagón en Ledesma, cuando decenas de trabajadores y militantes fueron detenidos en la oscuridad.
La deuda externa es otro crimen económico que se extiende hasta hoy. Al final del régimen, lo que había comenzado como una deuda privada de empresas y bancos fue estatizada por el Banco Central: Argentina dejó de deber 8.000 millones de dólares para deber 45.000 millones.
El pueblo pagó, y sigue pagando, las deudas de los grandes grupos económicos que habían apoyado al régimen. El nombre de Domingo Cavallo, entonces presidente del Banco Central, está unido a esa transferencia.
5. El Mundial, las Malvinas y el fin del sueño
En junio de 1978, Argentina ganó el Mundial de Fútbol. El régimen lo utilizó como vidriera: mientras en la ESMA, a pocas cuadras del estadio de River Plate, se torturaba y se desaparecía, las calles de Buenos Aires festejaban. Hubo periodistas extranjeros que lo vieron, organismos internacionales que lo denunciaron. Pero la fiesta fue más poderosa que la denuncia.
El show del horror fue el nombre que usaron los militares para descalificar las denuncias del exterior, como si el dolor de las víctimas fuera una campaña de prensa antiargentina.
Cuatro años después, el mismo régimen que había usado la gloria deportiva para legitimarse usó la guerra para sobrevivir. El 2 de abril de 1982, Leopoldo Galtieri, Jorge Anaya y Arturo Lami Dozo ordenaron la recuperación de las Malvinas.
La Plaza de Mayo que pocas veces antes había sido tomada por la alegría, el 30 de marzo de 1982 hubo una manifestación contra la dictadura que fue reprimida, dos días antes del desembarco, se llenó de banderas. Si quieren venir, que vengan, dijo Galtieri desde el balcón. Vinieron. Y ganaron.
La guerra de Malvinas dejó 649 muertos argentinos, la mayoría jóvenes colimbas, en muchos casos mal equipados, mal alimentados, estaqueados por sus propios oficiales en el frío de las islas. Fue la última hazaña sangrienta del régimen: una derrota militar que aceleró el colapso político.
Las Malvinas son también memoria abierta: veteranos que volvieron sin reconocimiento, sin apoyo, condenados al suicidio por la indiferencia. El Traigan al principito del soldado Marcelo Dupont se convirtió en imagen de ese abandono.
6. El Plan Cóndor y la dimensión continental
La dictadura argentina no operó sola. El Plan Cóndor fue un sistema de coordinación represiva entre los regímenes militares del Cono Sur: Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil. Los servicios de inteligencia compartían información, detenidos, métodos.
El Batallón 601 del Ejército argentino fue el nervio central de esa red. Automotores Orletti, en Buenos Aires, fue el centro clandestino donde se procesaba a los detenidos de países vecinos. Sánchez Reisse y otros operadores de inteligencia llevaron el terrorismo de Estado más lejos: a Bolivia, a Centroamérica. Noemí Molfino, militante del PRT, fue asesinada en Madrid en 1980.
El exilio fue la otra cara de la represión. Cientos de miles de argentinos se fueron: a México, a España, a Francia, a Venezuela, a Suecia. Desde el exterior construyeron la primera red de denuncia internacional. El exilio no fue solo huida: fue también resistencia organizada.
7. 50 años: lo que se recuerda y lo que se disputa
La frase “en algo andarán” fue durante años el escudo moral de los cómplices pasivos. Por algo será era su variante más perversa: la lógica que transfería la culpa a la víctima y liberaba al testigo de cualquier responsabilidad. Esa frase sobrevivió al régimen. Resurgió cada vez que alguien intentó juzgar a los responsables, cada vez que las nuevas generaciones preguntaron qué había pasado y por qué.
La Noche de los Lápices, el secuestro de estudiantes secundarios de La Plata en septiembre de 1976, es uno de los episodios que mejor muestra la lógica del régimen: jóvenes de 16, 17, 18 años, detenidos por reclamar el boleto estudiantil desde su militancia política, el verdadero motivo de su secuestro.
La noche de las corbatas fue la denominación del secuestro de abogados en julio de 1977. Entre ellos, Norberto Centeno, el redactor de la Ley de Contratos del Trabajo de 1975, que acaba de ser derogada con la Ley de “Modernización Laboral”. Todo un símbolo de reivindicacionismo explícito y legal.

La Iglesia Católica tuvo una conducta mayoritariamente cómplice. Hubo excepciones, Angelelli, los curas palotinos, algunos sacerdotes del tercermundo que pagaron con su vida, pero la jerarquía episcopal cubrió al régimen, bendijo los actos de gobierno, y en algunos casos participó activamente de la represión. La figura del capellán que visitaba los centros clandestinos para dar la comunión a los prisioneros antes de que los arrojaran al mar es una de las más terribles que legó ese período.
Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, fue uno de los que resistieron desde adentro. El galardón fue una bofetada internacional al régimen en plena agonía. La visita de la CIDH en 1979 había sido otro golpe: la cantidad de testimonios que recibió la comisión desbordó todas las previsiones. La dictadura intentó manejar la imagen con las postales para mandar al exterior, una campaña para que los argentinos escribieran a sus contactos en el exterior contando lo bien que estaban, pero la verdad filtraba por todos lados.
8. El regreso, el juicio y la memoria que no cierra
El 30 de octubre de 1983, los argentinos votaron. El 10 de diciembre, Raúl Alfonsín asumió la presidencia con un discurso que comenzaba citando el preámbulo de la Constitución: para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
El Decreto 158 ordenó el juicio a las tres juntas militares. La CONADEP comenzó a recoger los testimonios de sobrevivientes y familiares. El informe Nunca Más registró 8.961 casos de desaparecidos, una cifra que los organismos de derechos humanos consideran incompleta, y que los 30.000 de la consigna busca representar en su totalidad, incluyendo a los que nunca pudieron ser documentados.
La autoamnistía que se habían dado los militares, uno de los últimos actos de Reynaldo Bignone antes de entregar el poder, fue anulada por el Congreso. El Juicio a las Juntas de 1985 fue histórico: Jorge Videla y Emilio Massera fueron condenados a prisión perpetua.
Pero después vinieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, los indultos de Menem, años en los que parecía que la impunidad iba a ser definitiva. Fue la generación de los hijos, y los nietos recuperados, y los tribunales que retomaron las causas en los 2000, los que mantuvieron abierta la herida hasta volverla condena.
La memoria no es un archivo. No es una lista de nombres, aunque las listas ayuden. Es una práctica, un acto que se repite y se transforma. Recordar a Rodolfo Walsh es también leer su carta. Recordar a las Madres es también defender la Plaza. Recordar la noche del apagón es también nombrar a Blaquier. Recordar los vuelos de la muerte es también mirar el río.
Cada año, el 24 de marzo, Argentina vuelve a elegir si recuerda. Ese acto de elección es político en el sentido más profundo del término: porque quienes quieren olvidar también existen, también votan, también gobiernan a veces.
9. Nombrar es resistir
Cincuenta años.
Medio siglo desde el Comunicado Número Uno.
Los jóvenes que hoy tienen veinte años son nietos de una generación que vivió el golpe con veinte años. La distancia temporal existe; la distancia política es otra cosa. Los mismos argumentos que usó el régimen, el caos previo, la necesidad del orden, los excesos inevitables de toda guerra, reaparecen cada cierto tiempo, reciclados, con nuevos portavoces. La memoria como resistencia no consiste en repetir rituales: consiste en entender por qué esos argumentos son mentiras, y decirlo.
Los treinta mil desaparecidos, número que condensa una verdad política aunque el registro exacto sea imposible, son también una lista de proyectos truncos: el sindicalismo democrático, la literatura de Haroldo Conti, el cine de Raymundo Gleyzer, la militancia de los estudiantes de La Plata, la abogacía popular de los de la noche de las corbatas, la infancia robada de los niños apropiados.
Cada desaparecido llevó consigo un mundo posible que no fue, por ahora. La memoria no los devuelve; pero les da el único estatuto que el régimen intentó negarles: el de personas con nombre, con historia, con un lugar en la memoria colectiva.
La Argentina que salió de la dictadura no era la misma que entró. El aparato productivo estaba destrozado, la deuda era impagable, la sociedad estaba rota, la cultura había sido empobrecida por el exilio y la censura.
Pero algo había sobrevivido, y era exactamente lo que el régimen había querido destruir: la voluntad de organizarse, de reclamar, de nombrar a los muertos y exigir justicia para ellos. Ese es el legado más incómodo de la dictadura: que no pudo terminar con lo que intentó terminar.
Hoy, 24 de marzo de 2026, a cincuenta años del golpe, la pregunta no es solo qué recordamos sino cómo y para qué. La memoria que no sirve para entender el presente es nostalgia. La memoria que permite ver cómo el autoritarismo se recicla, cómo la complicidad económica funciona, cómo el silencio se fabrica y se administra, cómo los más vulnerables siempre pagan primero: esa memoria es una herramienta política en el sentido más estricto y más necesario del término.
Nombrar es resistir. Por eso: Videla, Massera, Agosti. La ESMA. Los vuelos de la muerte. Rodolfo Walsh en la calle con sus cartas, que traen hasta hoya las palabras urgentes del horror.
La primera ronda de las Madres. Azucena Villaflor en el río/mar y hoy sus cenizas esparcidas en la Plaza de Mayo.
Los chicos de la noche de los lápices.
Los bebés apropiados.
La deuda que no pedimos.
El Mundial que tapó el horror.
Los 649 de Malvinas.
El Nunca Más.
Y los treinta mil, que no están desaparecidos: están presentes en cada vez que alguien se niega a olvidar.

