Milei, payaso atribulado y psicótico: letal editorial de Víctor Hugo
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Entre el discurso de Dolores Fonzi al recibir el premio Goya y la desgracia del discurso de Milei anoche, elegimos empezar con Dolores. Hay otros comienzos, otros dolores. Ese payaso atribulado y psicótico son una portada que duele de verdad.
La directora dice que el mundo se convirtió en una película de terror. Y Milei le dio la razón. Pero no solo Milei. Los imbéciles que lo aplaudían desde las bancadas también son máscaras horrendas de la política.
Pide Dolores Fonzi no caer en la trampa. Ver que la ultraderecha ha venido a destruirlo todo. La humanidad, el clima, la ética. Todo.
Viéndolo a Milei anoche, el humor es un refugio demasiado fácil. El asunto es serio, nos interpela, hiere fuertemente los valores de la moral política y de la inteligencia del país.
Esa política desafiante de un gallito de riña que se desquita de los traumas que lo convierten en un muñeco raro, extravagante. Un pequeño robot de maldad que insulta, despotrica y miente con la fruición como alguien que bebió demasiado y se para en la puerta de la taberna para molestar a quienes pasan por allí.
El fascismo en curso no es solo una cuestión de Estado. La mentira y la persecución periodística insuflan un aire espeso de cabaret hitleriano.
La Nación se ocupa de mí por el libro “Un ciudadano común en democracia”, basado en archivos, en verdades inconfrontables. Por afuera de eso, La Nación de los Saguier despliega la rutina de la falsedad.
Según el comentario, dejando de lado un par de mentiras más absurdas, cuando llegué en el año 81, la dictadura argentina era tan fuerte como la uruguaya. Una lectura bastante estúpida.
En ese año, el régimen que el diario apoyaba vivía una declinación tan evidente que debió recurrir al horror de Malvinas intentando salvar el pellejo.
La dictadura uruguaya puso condiciones hasta el final de su mandato para el retorno de la democracia. Y después también. El libro compara el clima de la dictadura con este tiempo del país.
Milei sería Videla, según mi punto de vista, titula La Nación, pero con eso se puede discrepar. Con los archivos, no.
Ayer en el Colón, la Filarmónica en sus 80 años, con la dirección de James Conlon, tocó la Séptima Sinfonía de Shostakovich.
Una nota estupenda de Santiago Giordano nos advirtió el viernes las circunstancias de su creación, con San Petersburgo, la entonces Leningrado, rodeada por los nazis.
Era la ciudad del autor y Dimitri, entre bombas, en una devastación atravesada por el hambre y la desesperación, produjo una de las páginas más exquisitas y vibrantes de la literatura musical y patriótica de la historia.
Cuando a la noche escuché lo que pude de la pachanga de Milei, su falta de grandeza, su traición a la patria de los trabajadores, la entrega de los glaciares, la resignación de la soberanía, fue evidente la comparación.
Cien músicos elevaron la vida al rango más alto de lo humano. En cambio, un solista patético del régimen nos recordó después lo bajo que podemos caer.

