
El sable del general San Martín, que vuelve a dar que hablar en la vida pública del país, tiene un significado histórico especial. Es sin duda el emblema de la guerra que el libertador condujo por la emancipación de España; pero además, al legarlo a Juan Manuel de Rosas, lo convirtió en un testimonio de otra causa trascendental, la defensa de la patria frente al imperialismo de otras potencias. Esta doble significación pone de relieve la línea de continuidad entre la revolución de la independencia y la lucha del federalismo por la soberanía: un tema clave, ocultado o tergiversado por la historiografía de cuño mitrista, que requiere hacer un breve repaso histórico.
Cuando en 1938 se produjo el bloqueo francés al Río de la Plata, San Martín inició desde su exilio europeo una nutrida correspondencia con el gobernador Rosas, encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, ofreciendo volver a prestar servicios como militar si el país entraba en guerra. En realidad Francia no declaró la guerra sino de manera indirecta, alentando y costeando las operaciones de los opositores al régimen.
En julio de 1839, refiriéndose a las incidencias del conflicto, San Martín le manifestaba a Rosas su indignación ante los americanos que “se unen al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos bajo la dominación española”. A su gran amigo Tomás Guido, que fuera ministro del gobierno bonaerense, le escribió en noviembre de 1838 observando que “este injusto bloqueo.. no me causaría tanto cuidado si entre nuestros compatriotas hubiera más unión y patriotismo”.
Los franceses se retiraron firmando un tratado conciliatorio en 1940, y fracasaron las otras campañas que ellos habían apoyado. Por todo ello, en enero de 1844 San Martín incluyó en su testamento aquella cláusula que legaba el sable al Restaurador “como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
Pero las pretensiones de los comerciantes extranjeros no cejaron, y en 1945 se produjo la intervención conjunta de Francia e Inglaterra forzando el paso por el río Paraná. San Martín se comprometió en varias gestiones para hacer comprender a los europeos el error que cometían, y en mayo de 1846 le expresaba a Guido su entusiasmo por la acción de la Vuelta de Obligado, confiando en el triunfo de la resistencia “si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que caerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”.
Finalmente el gobierno del Restaurador salió victorioso en la pugna con los agresores, que pretendían imponer sobre todo el librecambio y la libre navegación de nuestros ríos interiores. Pero tras su caída en 1852, los resultados de aquellas batallas contra el imperialismo económico europeo comenzaron a revertirse. Las prevenciones de San Martín acerca de los malos americanos capaces de unirse al extranjero eran desdichadamente certeras.
Es admirable la lucidez del libertador acerca de la amenaza que representaban las ambiciones de dominio de las principales potencias capitalistas, que implicaban la sumisión del país a una condición similar o peor que la del colonialismo español. Y es notable su caracterización de los traidores que desde adentro secundaban aquellos intereses. Todo ello sigue siendo de rigurosa actualidad.
Por eso resulta ridículo que el actual gobierno de la Argentina invoque la memoria del Padre de la Patria, y es inadmisible que pretenda disponer el resguardo de su histórico sable corvo. Porque el general San Martín fue un luchador por la independencia frente al poder colonial o neocolonial de cualquier potencia extranjera, y el gobierno actual se define como un promotor de la dependencia política, económica e incluso cultural y militar de la metrópoli norteamericana. Porque el general San Martín donó su arma de combate a un gobernante criollo que defendió la integridad de la patria contra el libre comercio de los mercaderes, y el gobierno actual es un agente declarado de la entrega y la apertura incondicional a los negocios del capital interno y externo.
Tenemos un Presidente que da risa por su modo de fabular la historia y por su audacia mentirosa, pero lo que debe preocuparnos principalmente es la situación que lo ha prohijado, la estructura económica del país que ha llegado a hacer posible un fenómeno de involución. Este país donde la concentración de la economía ha provocado que la mayoría de las grandes empresas –de la producción, del comercio y de la actividad cultural y mediática− sean de capital extranjero, y por lo tanto ejerzan una influencia capaz de anonadar la defensa del proyecto de nación independiente. Una realidad tan alejada de la patria soñada por los próceres de la emancipación, donde el sable del libertador puede ser manipulado impunemente para negar su verdadero significado.


