Un frente de la “batalla cultural”

Las relaciones entre el Gobierno y el episcopado católico están en su momento más bajo, reducidas a meros contactos institucionales. Los obispos advierten sobre las consecuencias que generan en los más pobres las políticas sociales del gobierno.
Sociedad29 de diciembre de 2025OtrasVocesOtrasVoces
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Durante la campaña electoral que llevó a Javier Milei a la presidencia el entonces candidato se refirió al papa Francisco como “representante del maligno en la Tierra”. También acusó al papa argentino de impulsar el comunismo y criticó que Jorge Bergoglio reafirmara la justicia social como parte de la doctrina social de la Iglesia. Para Milei la justicia social es un robo porque propone quitarle a quienes más tienen para darle a los pobres y desvalidos. También catalogó de “imbécil” y hasta de “boludo” a Francisco.

Poco más tarde –quizás tomando nota del impacto negativo que podrían tener en la ciudadanía sus afirmaciones y en vista la popularidad del papa en la Argentina- Milei bajó el tono, pidió formales disculpas y hasta fue al Vaticano para reunirse con Bergoglio.

Del otro lado el episcopado católico argentino siempre estuvo alineado –salvo poquísimas excepciones—con las posiciones y el magisterio de Francisco –primero—y de León XIV después. Y esto quedó también ratificado en el más alto nivel de representación de los obispos que es la Conferencia Episcopal cuyas autoridades se eligen por voto democrático. A Oscar Ojea –actual obispo emérito de San Isidro— lo sucedió en la presidencia de la CEA su vicepresidente primero, el arzobispo mendocino Marcelo Colombo. La misma orientación pastoral, con estilos algo diferentes. Ojea más cauteloso y diplomático. Colombo más frontal y determinante en sus declaraciones públicas, evitando la confrontación, pero manteniendo posiciones firmes en cuanto a principios: la centralidad en la defensa de los pobres, de los desvalidos, de las personas con discapacidad, de quienes luchan por sus derechos. Colombo sostiene que en el gobierno “no nos escuchan”. Milei ignora las críticas y prefiere reforzar su acercamiento a los evangélicos que lo aplauden.

En mayo de 2025, cuando ocurrió la muerte de Bergoglio, el gobierno que encabeza Milei albergó cierta esperanza de que el papa estadounidense-peruano dejara atrás las orientaciones de Francisco y que, por decantación, los obispos argentinos también ajustaran su perspectiva pastoral. No ocurrió. Desde el Vaticano Robert Prevost --en el marco del llamado “legado de Francisco”-- ratificó la prioridad pastoral de la Iglesia por los pobres y respaldó el trabajo de los movimientos sociales y populares a los que Bergoglio había bautizado como “poetas sociales” (12 de abril de 2020).

Las críticas de la Iglesia Católica

Por demandas del propio escenario argentino, pero también por sintonía con las orientaciones que llegaron desde Roma, la Iglesia en Argentina obró en consecuencia. Y aquellas prioridades se plasmaron en declaraciones de los obispos pero también en expresiones de otros niveles institucionales (comisiones episcopales, por ejemplo), de los Curas Villeros y de los Curas en la Opción por las y los Pobres o en la representación católica en espacios como la llamada Mesa Ecuménica, que también agrupa a otras organizaciones cristianas no católicas.

Durante el 2025 las críticas desde el catolicismo al gobierno de Milei estuvieron centradas fundamentalmente en las consecuencias que las políticas sociales –o la falta de ellas—tiene en la población más vulnerable. La Conferencia Episcopal advirtió en junio que “si el Estado se corre, entra el narcotráfico”, sostuvo que “la política no debe someterse a la economía” y, en agosto pasado, en la Semana Social (Mar del Plata) advirtió que “el mercado, por sí solo, no garantiza la inclusión social” ni el desarrollo humano integral.

Antes y después Colombo, en algunos casos en su sola condición de presidente y en otros acompañado por los miembros de la Comisión Ejecutiva (los vicepresidentes, el cardenal Ángel Rossi de Córdoba, el obispo Daniel Fernández de Jujuy, y secretario general el obispo Raúl Pizarro), expresó su solidaridad con los trabajadores de la salud del Garrahan, con la lucha por el presupuesto universitario o con los jubilados apaleados en Congreso, para recordar tan solo algunos ejemplos. A esas manifestaciones se sumaron, en tono similar, documentos de las diócesis de Quilmes y de Merlo-Moreno, entre las que más asiduamente se expresaron.

Mientras tanto, en los barrios populares a través de Cáritas, en parroquias y capillas, mediante la labor de organizaciones de base católicas y de los sacerdotes que allí están presentes hubo continuidad en la ayuda solidaria. Se destaca el trabajo de los Hogares de Cristo en la contención de muchos jóvenes afectados por consumos problemáticos y en conflicto con la ley.

La reacción del gobierno y el acercamiento a los evangelistas

Frente a las críticas de la Iglesia el gobierno decidió poner las relaciones en el congelador. No hubo respuestas formales, ni referencias a los dichos eclesiásticos. Desde que Colombo asumió como presidente del episcopado –en noviembre de 2024—nunca se dio un encuentro cara a cara con Javier Milei. Todas las comunicaciones han sido formalmente institucionales a través de la Secretaría de Culto y Civilizaciones de la cancillería, al frente de la cual se encuentra Nahuel Sotelo, un hombre que responde, en primera instancia, a Santiago Caputo, aunque también le rinde cuentas a Karina Milei. Antes de asumir ese cargo Sotelo fue jefe del bloque de diputados de La Libertad Avanza en la Legislatura bonaerense.

Hoy la Secretaría de Culto está muy lejos de ser una instancia que canalice el diálogo entre el gobierno y la iglesia católica. En una entrevista reciente Colombo afirmó que en el gobierno nacional “no nos escuchan” y comparó las advertencias de la Iglesia sobre la situación social con “papelitos colocados en botellas que se tiran al mar”.

Milei decidió ignorar los señalamientos y las quejas de la Iglesia pero el gobierno no se quedó cruzado de brazos. La motosierra también llegó a muchas obras sociales de la Iglesia, de la misma manera que ocurrió con los aportes estatales destinados a la ayuda social en general. No hubo excepciones ni privilegios para las instituciones católicas. Hasta Cáritas, el organismo solidario por excelencia de la Iglesia Católica, sufrió el impacto.

Al mismo tiempo, parte de los fondos comenzaron a ser destinados a la labor social de grupos y congregaciones evangélicas cuya presencia crece en todo el país, particularmente en el conurbano bonaerense. Pero tampoco fueron todos los evangélicos los que se favorecieron con estos aportes. Hubo preferencia para las iglesias reunidas en ACIERA (Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas), un organismo que preside el pastor Christian Hooft, reelegido en el cargo este diciembre por un segundo periodo que finaliza en 2029. Hooft es pastor principal en la iglesia “Llegar Alto Comunidad de Fe”, situada en Recoleta (Buenos Aires).

ACIERA ha firmado con el gobierno importante número convenios de asistencia a comedores comunitarios gestionados por iglesias evangélicas. A comienzos de noviembre la Casa Rosada fue escenario de un acto poco habitual en esa sede del que participaron Milei y representantes de ACIERA encabezados por Hooft. Allí hubo bendiciones, oraciones por la gestión gubernamental, discursos para destacar la espiritualidad del presidente y agradecimientos “al Uno” por la victoria electoral de LLA en las elecciones legislativas. Estuvieron Manuel Adorni, Karina Milei y Diego Santilli.

Hooft sostiene que es una “fantasía” que las iglesias y los grupos evangelistas operen como un bloque político de derecha o un bastión conservador con aspiraciones de poder. Tras su reelección insistió en la “unidad en la fe” y no en la militancia política por algún partido o frente.

En el escenario de los evangélicos viene reluciendo también la figura del pastor showman Dante Gebel, un personaje mediático internacional que actúa por su propia cuenta, que tiene importante llegada al mundo empresario y político en la Argentina --también en la oposición—y que algunos señalan con serias aspiraciones políticas como bien lo relató en estas mismas páginas la colega Alejandra Dandan.

Como ocurre en otros niveles y escenarios de la vida nacional, la “batalla cultural” incluye también las relaciones con el arco religioso. Milei no admite la discrepancia o la disidencia, prefiere juntarse solo con quienes lo alaban y utiliza también la motosierra para disciplinar a quienes lo critican. Así sea la Iglesia o los obispos católicos.